“Tomando” los semáforos

El Ayuntamiento de Alicante prevé prohibir la actividad de los “gorrillas” y “limpiacristales” tras las numerosas críticas de los conductores

Se encuentran en cualquier esquina de las calles más transitadas de la ciudad. En los parques y avenidas. En los semáforos más importantes de la ciudad existen indicios de su pervivencia. En apariencia airosos de simpatía, subastan fragmentos de las aceras que reconvierten en forma de plazas de aparcamiento para aquellos conductores que viven pegados al reloj. Son los llamados “gorrillas”. Aseguran que facilitan el acceso de los vehículos a los lugares habilitados para estacionar. Sin embargo, su labor, ni reconocida ni alabada, aleja ostensiblemente al residente de visitar ciertas zonas “tomadas” por estas personas.

Conocidos también como chorizos, mangantes o revientacoches, la presencia de los “gorrillas” en zonas donde se cobra por el estacionamiento ha encrespado el malestar de los vecinos por este peculiar doble cobro. Y es que en los últimos meses Alicante ha visto incrementar el número de “gorrillas” en los lugares colindantes del puerto o el jardín de Canalejas.

Para solucionar este problema, el Ayuntamiento de Alicante prevé aprobar, en el próximo pleno del 19 de abril, una nueva ordenanza de trafico en la que se recoge la prohibición de la actividad que desarrollan los “gorrillas” en las zonas de estacionamiento, así como la de los limpiacristales y vendedores de artículos en los semáforos. De esta forma, se intenta paliar el alud de críticas acumuladas en los últimos meses en el departamento de atención ciudadana de la Policía Nacional.

Muchos de estos “gorrillas” viven en la calle, sin otro sustento económico que los pocos céntimos que les regalan los conductores. Al cabo del día, la colecta, que oscila entre los diez euros, supone todo un premio a estas personas que ven cómo de esta forma pueden satisfacer a sus estómagos. Otros, por el contrario, aprovechan su estancia en España para obtener una pequeña pero valiosa cuantía económica que les haga sobrevivir en este país. Vestidos con atuendos pasados de moda y recubiertos de harapos viejos, el concepto que proyectan los “gorrillas” a los alicantinos es la de unos pordioseros que se aprovechan de la gente. Lejos de agradarles lo que piensan de ellos, los “gorrillas” no ven daño alguno en lo que hacen. Es más, alegan que están realizando una labor social. Tanto es así que al alba, con la llegada de la tarde o, incluso, en la madrugada, reviven los momentos más graciosos entre el grupo de amigos. Allí es donde perfilan el balance del día y valoran si ha sido positivo no.

El problema no se queda simplemente en esta aventura tan repetida al cabo del día. La oleada de hurtos y robos que vive actualmente la ciudad levantina ha sorprendido a muchos de estos “gorrillas” que ven cómo incluso los peatones se alejan de ellos como si de delincuentes se tratasen. La sociedad, por su parte, les tilda de parásitos sociales. La rotonda de la Avenida de México, la primera con la topan los vehículos procedentes de la autovía A-7, brilla por el abarrotamiento de familias rumanas que limpian los cristales de los coches. En este caso, los conductores, aletargados por la furia, increpan duramente contra estos “limpiacristales”. Aseguran que “resultan muy pesados” pidiendo una limosna. Es su única forma de subsistencia pero, en muchas ocasiones, pierden los estribos y agreden físicamente a los conductores. El verano pasado se pusieron decenas de denuncias por este motivo. Los agentes de la seguridad ya no saben qué método utilizar para reducir estos delitos. Las estrategias de sensibilización y de apoyo reciben pocas satisfacciones, según demuestra el ínfimo interés de estos inmigrantes.

La dificultad a la hora de encontrar trabajo es lo que les lleva a plantearse “tomar” los semáforos y calles para montar su negocio. Procedentes de diversas zonas geográficas, entre las que se encuentran desde rumanos, checos, búlgaros, marroquíes o españoles, lo cierto es que obtienen el dinero suficiente para malvivir. Se quejan de que nadie les ayuda ni se les hace suficiente caso. Se lamentan de no conseguir un trabajo digno ni de poder regularizar sus papeles como residentes en España. La falta de competencia laboral es, a veces, el recurso más utilizado por algunos empresarios para denegar las propuestas de los inmigrantes. La policía, por el contrario, asegura que son inmigrantes ilegales, sin papeles y sin la intención de trabajar. Reconocen que se reúnen en pequeñas mafias que atraen a la delincuencia. Dicen que conviven de ocho a diez personas en viviendas de menos de ochenta metros cuadrados. Las condiciones en las que se encuentran estas personas está lejos de llamarse calidad de vida. El equilibrio entre seguridad y libertad es difícilmente calibrable. Sin embargo, los semáforos, quizá, se han convertido en el último tótem de esperanza para muchas de estas personas.

José M. Sánchez “Daze”

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