El atractivo de la guerra (I)

Montaje fotográfico con los soldados norteamericanos colinizando Vietnam. Curiosamente, esta imagen representa el imperialismo de los EE.UU. pero a través del mercantilismo El Periodismo de hoy no pasa por buenos momentos. Con la proliferación de las nuevas tecnologías y, especialmente, gracias a Internet se han multiplicado los agentes informadores. Solo cabe señalar la fervor acogida que han tenido las denominadas bitácoras. De esta manera, todos podemos ser informadores y recibir información de diferentes ángulos. Pero el problema no se queda simplemente en esta premisa: actualmente existe una saturación informativa, por lo que, al fin y a la postre, el propio consumidor habitual de noticias se pierde en una maraña de acontecimientos aparentemente relatados de igual forma.

El único método para que los profesionales del periodismo no desaparezcan es intentar diferenciar sus textos respectos a los “aficionados” mostrando todas las cartas, siendo plural, riguroso, preciso y, sobre todo estético. Este último es el carro al que se subió el escritor polaco, Ryzard Kapuscinski desde que comenzó a instruir su madurez intelectual allá por los años cuarenta. Para una persona que vivió desde su prontitud el contenido de una guerra sin tener la capacidad para digerir tales sucesos, es comprensible que tuviera un afán por conocer los entresijos de los conflictos bélicos. Es el atractivo de la guerra. Las miradas, atónitas e incrédulas, se posan sobre “cómo saltan por los aires racimos de tierra gigantescos”, señala el periodista en su libro titulado El mundo de hoy.

Desde el primer momento, Kapuscinski sabía que su escritura debía ser diferente, original, particular y singular; algo a lo que muchos profesionales rechazaban en aquel entonces, aunque a día de hoy todavía muchos periodistas evitan caer en la tentación de dejar volar las palabras y convertir el texto informativo en una obra de arte en la que su lectura atraiga a los sentimientos. Muy pocos son los que se atreven. Como dice el propio autor, “hubo personas que con sus mejores intenciones me aconsejaban que cambiase de manera de escribir, que me lanzase a la aventura y al sensacionalismo”. Sin embargo, se mantuvo firme y, según sus palabras, “fiel a mí mismo, rechacé aquellos consejos, con la confianza de que un día acabarían surgiendo lectores dispuestos a reconocer este tipo de literatura”.

Kapuscinski acabó por ser uno de los mejores cronistas de guerra de la historia. Y es que la guerra siempre tuvo un especial atractivo para los periodistas. Todos deseamos asistir a un acontecimiento de gran dimensión para contarlo de primera mano. Lamentablemente, son cada vez más los “periodistas de sillón” que realizan su trabajo sin salir a la calle, sin conocer los problemas sociales, sin darle la oportunidad a la población de disponer de un soporte. Nos limitamos a las fuentes oficiales y, si la competencia, publica un texto de similares características nos damos por satisfechos de haber cumplido con nuestro trabajo. No es del todo cierto. Como ojos de la opinión pública, tenemos el deber de velar por los intereses de la sociedad y buscar, siempre que se pueda, las irregularidades y lo oculto de la gestión de las personas que ostentan el poder de las administraciones. En una palabra, denunciar. Desgraciadamente, esto lo pasamos por alto y evitamos buscar una evolución en la construcción del relato. Lo propuesto por Kapuscinski no resulta paradójico porque, en España, no tiene cabida actualmente dado el periodismo de oficina.

A pesar de ello, solamente en los acontecimientos bélicos nos atrevemos a buscar una creatividad, aunque pecamos de falta de profundización y precisión en los datos de ofrecemos en las páginas de los diarios informativos. Abogo por mayor originalidad literaria. Tal vez, algún día sea posible. Mientras tanto, en los periódicos leemos, diariamente, las mismas noticias de siempre, la misma estructura de siempre, el mismo lenguaje de siempre.
José M. SánchezDaze
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