“La verdadera locura quizá no sea otra que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca. (…) Mientras se arreglaba y lavaba en un cuarto de aseo comunal, estuvo más preocupada de sí misma y de lo que los otros pensarían de ella que de observar y pensar en los demás. Vio que las reclusas, talcomo le anunció la víspera para Monserrat, apenas vestidas, se dedicaban a diversas faenas: hacer sus camas, ordenar sus cuartos, fregar los panales. La primera vivencia que quedó en ella fue este cuadro entre cómico y peregrino, pero que juzgó triste y desolador, y en cualquier caso inusual a sus pupilas. Si algún día se viese precisada o tuviera la ocurrencia de redactar sus memorias, no dejaría de describir la cola formada por aquellas mujeres desconocidas y de aspecto muy diferenciado y “especial” que avanzaban muy dignas -orinal en mano- camino de los lavabos para vaciar en los retretes la carga nocturna de sus vejigas”.
“Los renglones torcidos de Dios”, Torcuato Luca de Tena
[...] Reflexiones de la historia (VII) [...]