Reflexiones de la historia (VIII)

“Tengo la impresión de que su problema estribaba en una cosa. Veamos: decide, seguramente al final de su vida, escribir un libro porque es consciente de que ha reunido una gran cantidad de historias y noticias, y sabe que si no las inmortaliza en un libro, todas ellas, perecerán sin remedio. Otra vez estamos ante la sempiterna lucha del hombre con el tiempo, una lucha contra la fragilidad de la memoria, contra su volátil naturaleza, contra su obstinada tendencia a borrarse y a desvanecerse. Precisamente de ese forcejeo sale la idea de cualquier libro. Y de ahí su durabilidad, su eternidad. Porque el ser humano sabe, y a medida que pasa el tiempo lo sabe cada vez mejor y lo vive cada vez más dolorosamente, que la memoria es hábil y etérea, y que si no anota sus conocimientos y experiencias de una manera más estable acabará por desaparecer sin rastro todolo que lleva dentro. De ahí que todo el mundo desee escribir un libro. (…) Así es y así seguirá siendo siempre. Sobre todo porque la escritura parece una ocupación fácil y sencilla. Los que sí lo creen pueden apoyarse en la frase de Thomas Mann, según la cual ‘el escritor es aquel al que escribir le resulta más difícil que a las demás personas”.

“Viajes con Heródoto”, Riszard Kapuscinski

Reflexiones de la historia (VII)

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