Nostálgica Italia

Una vela, una preciosa luna llena que se reflejaba en los canales y, por supuesto, un plato de pasta. No podía faltar en una postal de Venecia que permanecerá guardada en el cajón de los recuerdos dentro de una carpeta llamada “felicidad”.

Pero la primera parada antes del comienzo fue Milán. Aburrida, vaporosa y gris. Allí comenzaba nuestra aventura en interrail. Seis personas, amigos todos, nos subimos a un maloliente y sucio vagón después de dejar atrás las galerías de grandes tiendas de alta gama y una hermosa catedral, testigo de nuestro primer incidente con la policía italiana.

Diez días intensos y desenfrenados en el que vimos nueve ciudades. ¿Cansancio? ¿Estrés? Sí, mejor llámalo estrés. Es la esencia de este viaje. Con todo el viaje prácticamente planificado, quedaba poco espacio para la improvisación. Y ésta llegó de la mano de Julia, que quiso visitar un pequeño pueblo llamado San Gimigniano.

“Dos horas máximo, y de vuelta al tren”, dijo alguien. Y no era para menos, pues teníamos que continuar nuestro trayecto a las 15:00 horas ya que, en caso contrario, ¡a quién le apetecía quedarse cuatro horas por aquellos bonitos pero aburridos parajes! Todo lo contrario que la ciudad de los canales: Paseos en barca, ‘birra’ fría y un gran ambiente que daba la sensación que todas esas máscaras venecianas cobraban vida. La noche allí tiene tres nombres: Romántica, dulce y nostálgica.

Cumplimos con toda nuestra planificación aunque a en detrimento de nuestra alimentación y de nuestro descanso. De nuevo, la luna llena nos sorprendió en medio de un afectuoso camping donde pasamos una noche en una pequeña pero completa casa de madera. Atrás lo dejamos rumbo a la bella Florencia. Imposible de visitar en dos días. Comprobado.

Algo para recordar fue el gran momento de la competición hípica de Il Palio, en la medieval y gótica Siena. M hubiera gustado vivir aquella época. Armaduras andantes, caballos desbocados, banderas al aire. Todo en torno a un Duomo que empezó a construirse en el año 1136 y no se pudo terminar por la llegada de la peste.

¿Y qué decir de Pisa? Sin aquella torre en la que todos los visitantes tratan de derribarla no sería nada. Allí seguimos admirando aquel monumento inclinado imaginándonos, por un momento, lo que sucedería si se viniera abajo.

La falta de responsabilidad y nuestro espíritu periodístico que llevábamos en las mochilas nos empujó a introducirnos en los barrios pobres y suburbios de la sucia Nápoles, una ciudad tomada por la mafia donde la pobreza y el desempleo están a la orden del día. Pero al rebasar la invisible frontera del puerto uno se da cuenta de lo injusta que es la vida. Coches de lujo, yates, comercios. Un mundo dividido en dos. Por allí Dios, si existe, se le olvidó pasar.

El final del viaje, como no podía ser de otro modo, fue en Roma. Capital del mundo. Se respira otro ambiente, un histórico aroma a magnánimo imperialismo. La gran ciudad. Todo por descubrir y tan poco tiempo. Le debo una visita más detallada. Algún día quizá, aunque tuvimos oportunidad de visitar algunos de los monumentos más representativos.

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Un pensamiento en “Nostálgica Italia

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