Franco, entre la admiración y el odio

El Jefe del Estado, Francisco Franco yace muerto en su ataud Casi ochenta y tres años y con un mal de Parkinson que venía desde muy atrás. Si el Jefe del Estado, Francisco Franco no hubiera sido quien es, su historial clínico no sería el pasto de todas las miradas. Pese a recobrar la conciencia en las últimas tres operaciones en las que se intenta perpetuar su existencia y presidir el último Consejo de Estado envuelto en cables que le controlaban el ritmo de su maltrecho corazón, el reloj del dictador está apunto de contar sus últimas horas. El Generalísimo aparece varias veces todavía en el balcón del Iglesia Católica, institución en la que basó muchos de los paradigmas para organizar el Régimen. El afán del dictador por controlar a la sociedad abate las alas del odio de miles de personas que ven cómo las últimas represiones acaban con la vida de muchos civiles. Pese a todo, la muerte del Caudillo no sorprende al ciudadano de a pie. Era algo esperado desde hacía algún tiempo. Después de su muerte, se abre una puerta a la incertidumbre. ¿Quién accederá al poder después de que el Presidente del Gobierno, Carlos Arias Salgado presentara su dimisión? ¿Sería viable continuar con una dictadura de corte militar justo cuando el peso de la sociedad internacional está presionando por que España se democratice?

La vida de Franco sería difícil de contar sin remitir una mirada al ideario de la Iglesia Católica, institución en la que basó muchos de los paradigmas para organizar el Régimen. El afán del dictador por controlar a la sociedad abate las alas del odio de miles de personas que ven cómo las últimas represiones acaban con la vida de muchos civiles. Pese a todo, la muerte del Caudillo no sorprende al ciudadano de a pie. Era algo esperado desde hacía algún tiempo. Después de su muerte, se abre una puerta a la incertidumbre. ¿Quién accederá al poder después de que el Presidente del Gobierno, Carlos Arias Salgado presentara su dimisión? ¿Sería viable continuar con una dictadura de corte militar justo cuando el peso de la sociedad internacional está presionando por que España se democratice? Pero la sensación de inaugurar el final de una etapa queda todavía muy lejos de parecer alcanzable. Los españoles se han acostumbrado a ver al viejo dictador envejecer y, con ello, se extiende la idea irracional de su inmortalidad. Los negros augurios sobre su persona vienen de tan lejos que nadie podría concederles crédito.

El Caudillo creció, vivió y ha muerto con la idea de una España víctima de un Marqués de Villaverde. que dirige la operación de prolongar hasta el límite de la ciencia la vida del enfermo dictador. Sin su fundador, el Régimen no tiene respaldo para continuar y acabaría pagando los platos rotos de los cuarenta años del Movimiento. La sociedad permanece atenta a todas las informaciones que los diferentes medios de comunicación relatan. Como si del fin del mundo se tratase, los españoles siguen los telediarios con total discreción pero con la incertidumbre que exige la situación. El clima de tensión se acrecienta conforme se acerca la noche fatal. Con mas serenidad que nunca, se siente entre la gente que Franco va a morir y que un capítulo de la vida española acabaría cerrándose inexorablemente. Con ello, muchas personas no se sienten seguras de sus puestos de trabajo. ¿Qué será partir de ahora? Ni el más visionario puede predecir tal semblanza. El que sí pudo atestiguar cómo Franco se iba deteriorando es el Marqués de Villaverde. que dirige la operación de prolongar hasta el límite de la ciencia la vida del enfermo dictador. Sin su fundador, el Régimen no tiene respaldo para continuar y acabaría pagando los platos rotos de los cuarenta años del Movimiento. La sociedad permanece atenta a todas las informaciones que los diferentes medios de comunicación relatan. Como si del fin del mundo se tratase, los españoles siguen los telediarios con total discreción pero con la incertidumbre que exige la situación.

Se especula si el estado de salud de Franco es ya irreversible. Pese a vivir un latente vacío político, el país debe continuar. El problema es que las situaciones conflictivas que vive en esos momentos España debe regirse por la cautela pero con una urgencia considerable. El Sahara, amenazado por una marcha inminente de marroquíes, la denominada pacífica Marcha Verde alentada por el Rey Hassan II, propugna que los mandatarios tomen una decisión urgente que nadie se atreve a tomar. El vacío de poder alcanza su punto culminante. Lo que nadie se cree que fuera posible entonces se hace ya realidad: el Príncipe Juan Carlos asume la jefatura de Estado en funciones. Algunos dicen que el heredero exigió la jefatura definitiva porque si no, no aceptaría el carácter interino de su cargo. Tanto el pueblo español como la opinión pública internacional extraen la penosa impresión de haber sido manipulados en torno a la Marcha Verde. Estados Unidos dirige desde Washington la operación de acoso a las tropas españolas. Pocos días después de que se viviera un clima de tensión pre-bélica con el país vecino se tiene la certeza de que el territorio marroquí sería entregado. La hazaña del príncipe de enviar un emisario a entrevistarse con el presidente norteamericano alenta la posibilidad de que una solución está cerca. El grave estado del Jefe de Estado es un problema mayor para tener que preocuparse por mantener el territorio africano.

Franco avivó la llama del terror y muchos detractores deciden abandonar su patria como ya hicieron sus antepasados. El odio hace mella en los nervios de sus contrarios, aunque no conocen la forma de comportarse. ¿Si muerte vendrá la libertad? Nadie sabe nada. El mundo asiente al desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, hay otra distancia, artificial, que le une a su pueblo. Un país que le mira con temerosa admiración y mezcla de curiosidad. Tal vez nadie tuvo jamás acceso a sus pensamientos. Nadie podría asegurar que conocía a Franco, pero le admiraban y le seguían como fieles a su dios. La falta de violencia en las calles y la ausencia de paro laboral hace que muchos sientan aprecio por su Jefe de Estado. Esos días ven cómo la figura que había derrocado a los republicanos y había conseguido crear un país estable dentro las posibilidades que ofrecía una dictadura militar morirá pronto. En la misma tarde del fallecimiento el 30 de noviembre, se prepara un funeral en El Pardo para los familiares y altos cargos. Al siguiente día, una exposición en el Palacio Real, por cuyo salón desfilan en las primeras veinticuatro horas más de 85.000 personas que le presentaron su tristeza. Se calcula que contemplan el cadáver un total de 250.000 personas. Mientras el silencio de sus fieles rodea a Franco, en el hemiciclo, Juan Carlos de Borbón es proclamado Rey de España. Su discurso trae un aire nuevo, aunque no tiene un posicionamiento político claro. Tal vez, no es el momento ni el lugar más adecuado para hacerlo, pero aquella imagen preconiza que algo está apunto de cambiar.

José M. Sánchez “Daze

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