La amenaza de los campos

El concepto de plaga ha evolucionado. Ya no comporta el significado de antaño, donde se consideraba ‘plaga’ a cualquier animal que producía daños. Especialmente a los cultivos. Los agricultores de todas las épocas las han padecido, lo que ha desencadenado unos resultados económicos desastrosos. Las pérdidas suponen la mayor catástrofe.

La única forma de poner remedio es llegar al exterminio. Las técnicas para combatirlas conllevan grandes preocupaciones, puesto que en algunos casos la elección de los productos genera muchos problemas al terreno. Con el único arma que la simple experiencia se calculan los procedimientos a la hora de poner en práctica las campañas de prevención y recuperación. Y es que a este riesgo se le añade la absoluta dependencia de los fenómenos de la naturaleza para la producción agrícola. Muchos factores, todos ellos producto del mero azar, son la compañía perpetua de los agricultores.

Langostas, escarabajos, termitas, ratas, garrapatas. Todos ellos insectos o animales en repetidas ocasiones pero también las plagas son producidas por enfermedades. Lo cierto es que, al contrario de lo que cabría pensar, existen diferentes clases de plagas: las ‘buenas’ y las ‘malas’. Todo va en función del resultado, ya que, por poner un ejemplo, el conejo es una pieza fundamental para preservar el ecosistema mediterráneo, de ahí que el término España, que se da por hecho que proviene de Hispania, significa ‘tierra de conejos’.

La primera plaga de langostas de la que se tiene constancia en España ocurrió en el año 1040. En pocas horas, estos seres segaron los campos llevándolos hasta la ruina. Y cuando las técnicas fracasaban se recurría a Dios y a los conjuros. A veces produjo resultados favorables pero se trataba de encomendarse a lo desconocido. Otra de ellas, en 1454, llevó a la desesperación a parte de los habitantes de Murcia y Alicante. Durante el tiempo que duró la plaga, en Elda se plantaron cruces de madera a la entrada del núcleo urbano. Todavía hoy vigente, es conocido el topónimo de ‘cruz de la langosta’. ¿Y qué decir de las plagas bíblicas que anunciaron la destrucción?

Elche, por el contrario, se encuentra en permanente vigilancia porque el ‘picudo rojo’ puede eliminar por completo a la plantación de palmeras, uno de los tres patrimonios de la Humanidad que residen en la ciudad levantina. Las actuaciones para erradicar a este derivado del escarabajo, herencia de los árabes y que accedió a la Península en los años noventa, han dado sus frutos pero sigue siendo una de las principales preocupaciones de las instituciones públicas.

La catastrófica plaga de topillos campesinos que asola a los campos castellanoleoneses está trastocando la economía. La rapidez con la que se ha expandido ha provocado peligrosos daños al sector. Las autoridades están siendo desbordadas, lo que dificulta el control de esta terrible amenaza que sufren nuestros campos. El hombre, en su quimera transformista, en su afán por manipular el terreno, todavía no ha conseguido hallar la puerta que controle los periodos de desastre.

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