‘Inteligencia colectiva o medios fast food’

El epígrafe del libro ‘Planeta Web 2.0’ ya advierte lo que nos podemos encontrar entre sus páginas. Las nuevas formas de comunicación en tela de juicio, añadiendo una visión crítica acorde a los nuevos tiempos. La vida no es de color de rosa. Todo tiene su punto discordante. Tras echar un rápido vistazo, la publicación coordinada por Hugo Pardo Kuklinski y Cristóbal Cobo Romaní, que merece ser analizada sistemáticamente para una mejor comprensión de esta revolución mediática, se configura como un compendio de interesantes artículos sobre todo lo que rodea a la web participativa, y que nadie debería perderse.

Sin duda, se pone de manifiesto la situación en la que nos encontramos. La falta de un modelo realista y férreo capaz de generar beneficios sigue siendo una asignatura pendiente. Empero, en la evolución de las herramientas Web 2.0 hay un espacio para la parte de configuración de fructíferos negocios que actúan gracias a Internet como materia prima. He aquí algunas de las conclusiones:

“Si bien es cierto que la evolución de las herramientas Web 2.0 promueve la ruptura de las hegemonías de ciertas aplicaciones de obsolescencia planificada y rompe la relación autor-editor, no termina de aparecer un auténtico modelo de negocio asociado al éxito de consumo de estas herramientas. Lo que se percibe en forma más transparente es que ya no sólo se trata de ganar dinero con la venta de paquetes de software, sino con la fortaleza de la base de datos, la venta de espacios publicitarios en comunidades en línea de gran volumen de usuarios, y la venta de servicios de alto valor añadido para clientes diferenciados. (…) Pero ¿cuánto tiempo podrán existir las empresas Web 2.0 sin obtener rentabilidad financiera antes de que explote una segunda burbuja? Vale decir que siempre les queda la opción de ser compradas por una Google que no tiene más opción que invertir su gran excedente de caja en nuevos nichos de su propio mercado. Se debe pensar a las aplicaciones Web 2.0 como una estructura con tres vértices; tecnología, comunidad y negocio”.

La necesidad de una mejor distribución publicitaria dificulta la aparición de este modelo rentable. Los anunciantes son reticentes a poner su dinero en Internet, lo que retrasa nuevos avances tecnológicos y la puesta en marcha de las herramientas de vanguardia. La prueba de ensayo y error se convierte en el pan de cada día de empresas que quieren buscar una diferenciación con la competencia. La razón es bien clara: ser genuinos y originales puede facilitar el acceso del capital financiero. Pero, ¿de qué forma se puede configurar los anuncios teniendo en cuenta las diferenciaciones de la Web con respecto a los medios de comunicación tradicionales?

“Quienes deciden la distribución de la torta publicitaria son reticentes a cambiar los mass media tradicionales por plataformas con espíritu amateur y contenidos imprevisibles. ¿Dónde insertar los anuncios? ¿Dentro del video enviado por el usuario o en anuncios al estilo Google Ads? Ambos ejemplos son problemáticos. Una estructura con anuncios insertos en los videos puede resultar intrusiva para la exigente experiencia de usuario y puede desembocar en un abandono de la aplicación o una migración hacia otras aplicaciones con una interacción más limpia. Por otra parte, muchos videos son insertados en blogs y en comunidades como MySpace y entonces el modelo Google Ads dentro de YouTube no sería tan eficiente. Además la asociación de tags con anuncios (…) puede no resultar una experiencia productiva para los anunciantes. Por último, el (…) problema de la propiedad intelectual”.


‘¿Qué se pierde en la utopía tecnologica?’
(Pág. 90). Este es uno de los capítulos que despertará la reflexión de los lectores. Con una visión crítica acerca de la aplicación de las herramientas tecnológicas de vanguardia, pone en entedicho que “los usuarios no utilizan las aplicaciones con el mismo fin para el que fueron creadas”. A pesar de todo, comporta un concepto positivo:

“Las reconstruyen según sus necesidades y prácticas sociales, haciendo que la industria se tenga que adaptar a demandas no previstas originalmente. Esto refuerza a la propia aplicación a tono con un darwinismo digital de supervivencia de las mejores herramientas. (…) Hablando de formatos de discriminación, pocos recuerdan la frontera técnica hacia la inteligencia colectiva que existe en los países en vías de desarrollo. Sabido es que la Web 2.0 consume muchos más recursos de conectividad, ancho de banda y memoria de procesamiento en las computadoras que la Web tradicional. Por tanto, la carencia de cualquiera de estos tres recursos restringe completamente el consumo de aplicaciones colaborativas y hace retroceder al usuario a formas de navegación lentas, ineficientes y con escasa interactividad, impidiéndoles integrar las múltiples comunidades en línea existentes o utilizar otros recursos de mayor valor”.

Al final, la puesta en práctica de todos estos recursos obliga a un replanteamiento educativo capaz de inculcar una serie de valores y éticas profundas para remodelar la información. La alfabetización digital se convierte en el punto de partida:

“Existen múltiples fuentes de información, aunque pocas voces son independientes. Leer o ver una decena de veces el mismo abordaje de una noticia no es estar más y mejor informado. Autores como Pavlik y Gillmor creen que precisamente las aplicaciones Web 2.0 contrarrestan esta indigencia promoviendo una nueva voz autónoma y sin los intereses creados de los mass media. Aunque esa visión optimista está muy divulgada, se verá más adelante que la dinámica de la ciencia de las redes dificulta la visibilidad y por ende, la capacidad de influencia de los nodos más pequeños.”

Por otro lado, se aporta un concepto que considero interesante. Se trata de la ‘hegemonía de lo amateur’:

“Carr cuestiona que los ideólogos de la Web 2.0 promuevan la hegemonía de lo amateur, en tanto que, según el autor, la mayoría de sus herramientas son productivas para crear comunidades, pero no aportan calidad a nivel de contenidos, sólo experiencias de producción no-profesional poco fiables. Carr se pregunta:¿Y si los efectos prácticos de la Web 2.0 sobre la cultura y la sociedad son malos, en vez de buenos? Imperfección, defectos, desconfianza, son adjetivos que utiliza Carr para referirse a los resultados de productos como la Wikipedia, un espacio de escritura work in progress con libertad editorial y una inteligente estrategia meritocrática de edición final que, para asombro de muchos y virtud de la aplicación, no ha devenido en caos a pesar de haber promovido grandes imprecisiones. Este es uno de los puntos débiles que ofrecen las aplicaciones Web 2.0: la reivindicación del amateurismo colectivo, aumentando el ruido en la red y promoviendo una conversación colectiva sin cuidar las exigencias de una representación precisa de la realidad, o un expertise de valor añadido al tema del que se está hablando”.

Ciertamente, el espíritu gremial del colectivo periodístico ha tratado de llevar al traste a un sistema de publicación considerado por los autores de ‘Planeta Web 2.0’ como “eficiente y de fácil uso (blogs, wikis, entre otras comunidades on-line)”. Sin embargo, el hacer visible su utilización “no hace a una persona periodista, ni experto”:

“Muy por sobre eso, es fundamental poseer una potente visión holística y crítica de la realidad y sus matices, buena redacción, iniciativa y creatividad para investigar, desenfado para encontrar la noticia, contextualización y reconocimiento de las causas que explican lo que sucede y capacidad para tomar distancia de los intereses de su propio medio. A estas destrezas se le suman capacidades digitales crecientes, entre ellas: un manejo eficiente de los motores de búsqueda, conocimientos de HTML y de software WYSIWYG como Dreamweaver y Word, además de experiencia en plataformas colaborativas y conocimiento de las normas básicas de cómo escribir en la Web. En forma complementaria, debería saber utilizar y editar video y audio, entre otras habilidades. Se trata de la compleja figura del periodismo polivalente“.

Precisamente, es esta última idea, la del ‘periodismo polivalente’, la que resulta fundamental a la hora de concretar una nueva estructura para la profesión periodística. El profesional capaz de distinguir entre los fortamos que se requiere explotar para una determinada información, el profesional que pueda realizar una pieda audiovisual y el profesional que comprenda este nuevo lenguaje para la información se convertirá en un todoterreno de la comunicación. Y ahí es donde la evolución darwiniana de los fuertes derrocarán a los débiles cobra todo su esplendor.

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